Discos para una vida [II]: The Velvet Underground & Nico, 1967

De niño, judío neoyorkino hijo de familia adinerada fue internado en un psiquiátrico y sometido a electroshocks para corregir lo que sus padres pensaban que era una desviación de la conducta: su obsesión por la música. Un experto en música clásica y moderna, trotamundos nato, violinista y experimentador por vocación. Un pseudoguitarrista incapaz de tocar tres acordes sin destrozar a zarpazos su instrumento. Una ¿mujer? con corte de pelo de hombre que toca la batería con dos martillos como un orangután tras dos meses siguiendo la dieta de la alcachofa. Una bonita modelo alemana con voz de hombre cuya mayor cualidad musical es tocar la pandereta. Y de nombre del grupo, el título de un libro de sadomasoquismo. ¿Qué esperaban? Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison, Maureen Tucker y Nico son The Velvet Underground.

Si dios tuviese Ipod (que seguro que lo tiene) este sin duda sería el número uno a la hora de hacer el scrobbling con su lastfm. Es decir, el más escuchado. Y es que The Velvet Underground y su flamante primer disco con su flamante portada diseñada por el flamante Andy Warhol probablemente haya sido el grupo más influyente en la historia de la música independiente: circula una frase que dice: “muy pocos escucharon a la velvet en su tiempo, pero todos formaron un grupo”.

The Velvet Underground & Nico fue un disco incomprendido, con nulo éxito comercial. Nadie lo compró, muy pocos lo escucharon en su momento. En un momento histórico en el que triunfaban el movimiento hippie, el rock psicodélico y el buenrollismo en general era natural que cuatro tipos vestidos de cuero negro sobre un escenario, con pose rígida cantando canciones sobre heroína, prostitución, muerte, travestismo y demás lindezas fracasase estrepitosamente. Estos momentos de virtuosismo, la complicación en las canciones que los grupos buscaban (véase el anterior post sobre influencias) y la búsqueda de buenos sentimientos chocaron frontalmente con la música que emergía de aquel disco negro: Distorsión, instrumentos retorcidos, sonido ralentizado por momentos. Guitarras mal tocadas, ruido por todas partes y unas letras encantadoramente inductivas al suicidio, siniestras a más no poder. “Run run run” y “Waiting for the man” son sin duda los cortes más conocidos del disco que tratamos, y de la discografía del grupo. La primera, seguramente la mejor canción de garage rock que se haya hecho jamás, con un ritmo constante y trepidante que oblica a moverse a su son a alguna parte de tu cuerpo, con la voz desgarrada de Lou cantando sus terribles letras sobre vidas de gente corriente destrozando su vida por las drogas (“teenage mary, what a waste!”). La segunda, “Waiting for the man”, otra malograda canción compuesta de tres acordes de guitarra, cómo no mal tocados por Lou y tocados como un oso pardo en celo por Morrison, letras cantadas por Reed en modo “macarra merendero” y con Tucker de fondo, aporreando su “batería” (un tambor y un platillo), es una canción de dimensiones épicas. El título no deja lugar a muchas dudas sobre la temática de la canción.

“Heroin”, por orden de popularidad sería la tercera en la lista. Gran canción que, con un instrumental apenas audible al comienzo y un Lou cantando muy bajito y relajado, va in crescendo hasta reventar en nuestros oídos, “And I feel just like Jesus’ son, And I guess that I just don’t know”. Pero no se queda atrás la terrible “Venus in furs”, auténtico engendro psicológico, obra maestra, es una atmósfera densa, oscura, negra y brillante como el cuero del que habla, con el violín de John Cale gimiendo como un lamento de ultratumba, que causa una espeluznante sensación: “Different colours made of tears” es sin duda mi frase preferida. En la misma onda, “Black angel’s death song”.

Completan el repertorio “Sunday Morning”, primera canción del LP, magnífica, naif, que al escuchar por primera vez el disco da una falsa sensación de luminosidad, lo que luego acrecenta el agujero que suponen el resto de canciones del grupo. Mención a las canciones protagonizadas por Nico, la estrella de la Factory, modelo alemana metida con calzador en la formación por Warhol. Su voz encaja perfectamente en el sonido del grupo, haciendo un papelón en “Femme Fatale” (los coros de Reed y de Cale de fondo, terribles) o, en “All tomorrow’s parties”, ensayando con el ruido y la creación de atmósferas de las que partirían el noise, el shoegaze o el punk.

El disco (y mi post) termina con “European Son”, canción que combina todos los experimentos, rasgos y cualidades que The Velvet Underground habían mostrado en el resto de canciones, y contrapunto perfecto para la primera canción del disco. Ruido, cristales rotos, rugidos, guitarras por todas partes y una voz trémula.

Parece más un fotograma de Metrópolis que la foto promocional de un grupo

Parece más un fotograma de Metrópolis que la foto promocional de un grupo

The Velvet Underground & Nico tiene una extraña acción adictiva. Lo escucho al menos una vez por semana.

Y no soy el único.

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Una respuesta to “Discos para una vida [II]: The Velvet Underground & Nico, 1967”

  1. ibonfer Says:

    Seguimos tomando nota.

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